Según el informe de la Fed, 4 de cada diez americanos no tienen suficiente dinero para cubrir un gasto de emergencia de 400$.
Este dato muestra la precariedad que existe en muchos de los hogares de la primera potencia económica mundial. También es, quizás, una muestra de la forma de vida de muchos de ellos, que gastan al límite de sus ingresos, sin acumular ahorros, sin tener en cuenta la posibilidad de que surjan “gastos de emergencia”.
Caso de surgir estos “gastos de emergencia”, seguramente, habría alguna manera de hacer frente a los mismos, como pedir un préstamo personal o pedir dinero a algún familiar, y de alguna manera se saldría de esa difícil situación.
La cuestión es si sería posible para esos 4 de 10 americanos mejorar su situación financiera, a través de, por ejemplo, un recorte en los gastos que efectúan habitualmente manteniendo sus ingresos. En otras palabras ¿existen gastos superfluos?, ¿sería posible un estilo de vida en el que las necesidades reales se viesen satisfechas incurriendo en un menor gasto más selectivo?
Si la respuesta fuera sí, nos llevaría a preguntarnos de nuevo, ¿cuál sería el impacto de este modo de vida más austero en la actividad global de la economía, si todos lo pusieran en práctica? Sin duda el consumo disminuiría, lo que haría que la actividad global de la economía también disminuyese, pero, también, se conseguiría tener satisfechas las necesidades reales y no gastar esfuerzo en producir bienes y servicios superfluos.
Dicho de otra manera, el Producto Interior Bruto disminuiría, pero éste sería de mayor calidad, pues solo produciría aquellos bienes que fueran realmente necesarios.
Probablemente, el gastar de una manera más racional es más difícil en los segmentos más pobres como el que se menciona en el estudio. Existe, probablemente, un gasto más “irracional” en los segmentos más ricos de la población, donde puede haber un mayor potencial de “ahorro”.
Por otro lado, vivimos en una economía de libre mercado, donde cada uno es libre de hacer lo que quiera con su dinero y decidir si gasta más o menos irracionalmente. Además, se debería creer en el principio del consumidor racional, que gasta en función de lo que le es conveniente.
Otra reflexión al respecto del estudio es de si se debe considerar justo o no que haya 4 de cada 10 personas que tengan dificultades para hacer frente a gastos extraordinarios. Los liberales argumentarán que, si el mercado hace que esto sea así, es porque es la mejor manera en la que se ha asignado la riqueza. Pero puede haber imperfecciones de mercado, y quizás debe haber transferencias para ayudar a aquellos que se encuentren en una situación de dificultad, a pesar de que quizás se hayan esforzado a través del trabajo, al máximo, en conseguir una renta lo mejor posible.
¿Qué puede hacer un trabajador en paro si las empresas abandonan su región porque es más competitivo producir en otra región mejor comunicada?
Claro que, si el estado entrase en una dinámica de decidir cuando es justo o no apoyar a clases trabajadoras más pobres, se podría llegar a la situación de que se produjeran bolsas de ciudadanos que se benefician de ayudas gubernamentales no merecidas, y, otros, que si la mereciesen, no recibirían los fondos necesarios.
El producto Interior Bruto tiene tendencia a crecer, así como la renta per cápita. Dicho de otro modo, nunca hemos sido tan ricos como lo somos ahora. El problema no es principalmente la cantidad de renta, si no la calidad de la misma. Una buena política económica no solo debe buscar el crecimiento, sino también el equilibrio.
No es bueno que haya 4 de 10 americanos que no puedan hacer frente a unos gastos extras. Esta es una señal de desequilibrio. Y para hacerle frente, se deberían adoptar distintos tipos de medidas, como, las que se han mencionado anteriormente.

